Ser un amargado

El amargado, a veces, nace, crece y puede que hasta se reproduzca. No disfrutará de ninguna de esas cosas. Sin embargo, hay amargados que se crean poco a poco, lentamente, a base de pequeñas decepciones y grandes sentimientos negativos que van generando en él un vacío enorme, parecido a uno esos inmensos cuerpos celestes que todo lo tragan, y en el que va hundiéndose (metafóricamente hablando) cualquier atisbo de alegría e inocencia que pudiera quedarle hasta dejar solo la fachada de un cuerpo vacío de contenido y solo poblado ya, en su interior, por una inconmensurable y viscosa amargura. La amargura es, claro, una enfermedad. La del resentimiento y el pasado. Ser un amargado no significa ser un triste, la tristeza es más compleja, tiene más matices, ser un amargado significa otra cosa.

El amargado tiene cara de amargado, su condición le marca el rostro como un repugnante proxeneta lo haría en la cara de lo que considera su mercancía. A los amargados se les ve llegar y se les celebra la marcha. A los amargados se les tiene pena y, también, dan un poco de risa; porque un amargado es una persona con una enorme dignidad, y la dignidad pisoteada es siempre un drama y una tragedia hasta que termina siendo, inevitablemente, comedia. Nadie se ríe del amargado, pero no encaja y como pez fuera del agua es un chiste. ¿Lo peor? El amargado lo sabe, lo intuye, lo huele, lo siente en las tripas. El amargado no quiere pero se sabe y se siente un chiste.

El amargado tiene pensamientos recurrentes, uno de ellos es aquel que le cuenta que no siempre fue un amargado. Tiene problemas para saber cuando empezó a serlo porque el proceso es lento y casi invisible hasta que es ya tarde. Un amargado no acelera de cero a cien, es de combustión lenta pero segura. El amargado es un cocido que hace chup-chup durante horas, semanas, días, años, décadas. Chup-chup. Chup-chup…

El amargado y el depresivo comparten ciertas características. Tal vez sean la misma persona. Tal vez no haya diferencia. El amargado, puede ser, quien sabe, se me ocurre, sea un depresivo funcional. El amargado se plancha la ropa y cocina cada día. El amargado trabaja y hace deporte. El amargado cumple, hace lo que tiene que hacer. El amargado es un miembro productivo de esta sociedad que pone, en cada actividad que realiza, una enorme energía y cuidado; como si llevar bien planchada la camisa o limpiar la cocina con esmero fuera una cosa de gente feliz y satisfecha. Y es que el amargado es, también, un estratega, quiere ser feliz porque ha visto por ahí que puede serlo si se esfuerza. La publicidad lo dice. Ciertos libros también. El amargado se fustiga cada día porque no compró bitcóins cuando eran baratos.

El amargado quitaría todos los espejos de su casa, ¿quién quiere ver cada día la cara de un amargado? El amargado tampoco quiere. En eso, el amargado, es igual al resto.

Chup-chup…