Los hijos de puta también son los nuestros

Ser un hijo de puta tiene su arte. Y no estoy diciendo que cualquiera no pueda ser un hijo de puta, pero hay gente mejor preparada que el resto para ser un/a hijo/a de puta. Y vaya por delante que no estoy diciendo nada sobre sus madres; que a lo mejor eran señoras que no eran putas, o lo mejor sí que lo eran y muy bien que me parecería porque en esta vida uno puede que ser lo que le venga en gana mientras no moleste a los demás. Pero esto no ocurre con los hijos de puta. Porque un hijo de puta nace para ser eso: un hijo de puta. Para eso, y para dejar su huella con toda esa energía de artística maldad con la que han sido dotados desde su concepción y todo esto, como ya he dicho, independientemente de quién o qué cosa sea, o haya sido, su madre.

Los hijos de puta son artistas de la vida que crean una obra inigualable a través de la falta de empatía y las puñaladas; no siempre traperas, pero puñaladas al final y al cabo. Cuando no a través de cosas peores. Y es que hay que ver arte en todo eso; aunque nos joda y nos duela. Porque aplaudir el mal es una cosa terrible (mucho), y yo no lo hago. Pero seamos claros, esto es como lo de pintar, esculpir o bailar. Todo el mundo puede hacerlo pero otros pueden más, mejor o muchísimo mejor. El mal es así, una disciplina más.

Y yo los admiro. Pues sí, es cierto: admiro a los hijos de puta. ¿Quién no admira a un buen villano? Yo no puedo evitar hacerlo. Los admiro porque no sólo se hacen, ante todo nacen y luego, si eso, perfeccionan su condición. Por eso hay criaturas de 5 años a las que ves ese halo de hijoputismo desde el minuto uno. Aunque no dices nada, porque no vas a juzgar a ese pequeño ser humano que aún no ha crecido y no es mayor de edad. Te ahorras desarrollar un comentario al más puro estilo precrimen y te callas y das un sorbo a lo que sea que estés bebiendo. Sobre todo porque el hijo de puta en ciernes tiene unos padres que a lo mejor son amigos tuyos o, peor aún, familiares; además de excelentes personas, claro. Así que te lo callas, aunque pienses: “menuda pieza vas a ser, colega” mientras ríes las gracias cargadas de maldad que seguro que en algún momento el proyecto de hijo de puta va a brindar a su audiencia. Otros dirán, más cultos que yo, que eso dependerá de la educación. Yo como no creo en eso de que vengamos a la vida sin formato no puedo estar muy de acuerdo. Pero tampoco es que yo sepa mucho de nada. Es más, lo único digo que cada uno nace con algo en la mochila y que luego ya veremos. Pero ojo, tengo bien claro que la educación juega su imprescindible papel. Es decir, si los que te educan te lavan la cabeza para ser un cabrón miserable, pues probablemente un cabrón miserable serás; pero lo hagan o no, todos llevamos algo dentro cuando salimos al mundo cubiertos de un montón de fluidos. Cosas buenas, o muy buenas. Y cosas malas, muy malas. Todas potenciables hasta su mejor expresión. El hijoputismo también, claro. Y la maldad.

Algunos, con estas palabras, ya se estarán tirando de los pelos y hasta estarán pensando que aquí el único que tiene algo podrido dentro soy yo. Que si el ser humano no es malo por naturaleza y esas cosas. Y bien que me parece, yo tampoco creo que el ser humano sea malo por naturaleza. Ni un angelito tampoco. A las pruebas me remito. Y tampoco pasa nada porque se tiren de los pelos, algunos necesitan menos pelos en esas cabezas para que entre algo de aire fresco. Me incluyo.

Pero seamos claros: Por desgracia, el mundo necesita de los de hijos de puta y no porque en esta vida tengamos que tener de todo. Yo no creo que eso siempre sea así, a veces la variedad puede apestar un poco y eso lo digo yo, que soy fan de lo variado. Pero ese otro tema. Yo creo que el mundo necesita de hijos de puta porque a veces uno necesita a un buen hijo de puta al lado. Uno del que aprender, al que observar y, sobre todo, al que recurrir. Y si no lo encuentras, puede que el hijo de puta seas tú. Piénsalo.

Los sufriremos. A los hijos de puta; claro. Pero la maldad auténtica es un buen ejemplo de todo lo que puede hacer el ser humano de forma increíble, aunque esto sea lo puto peor. Nada como unas lecciones de genuina maldad por parte de un buen artista del mal para recordarnos que todo puede empeorar y que es mejor no llegar a según qué extremos.

Y así lo veo yo. Pero no se detengan; aún les quedan pelos.

Gracias por leer.

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2 comentarios en “Los hijos de puta también son los nuestros

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